La cuestionadora, la mamita, la hipocondríaca, la primeriza… Un libro refleja, con humor, la compleja relación que tenemos con los médicos de nuestros hijos
Así como los pacientes, en general, eligen al médico, el médico también elige a los pacientes. Acá describiremos algunos tipos de madres, de esas que los pediatras soportan con temple y valor, sí, pero que, finalmente, son los que ellos mismos decidieron dejar pasar a su consultorio.
La insistente. Es una de esas que no se detiene ante nada. Quiere consultarlo ya y quiere que diagnostique a su nene ya. Ahora mismo. Y si no se puede, entonces dentro de cinco minutos va a llamar de nuevo.
La tímida. Al contrario del espécimen anterior, a esta madre el pediatra le tiene que sonsacar las dudas. Es que ella no se anima, tiene miedo de molestar, de hablar de más, de quedar como una tonta, o como una pesada, o como una “mala madre”, de que el nene se porte mal, de que la secretaria la odie por llamar a esa hora, de que el pediatra no la quiera atender y así.
La cuestionadora. Nunca está convencida con lo que le dice el médico: cuestiona desde la necesidad de darle flúor al bebé hasta la dosis de antibiótico para una otitis. Sus frases se inician siempre con un “pero… ¿por qué...?”.
La ocupadísima. Llama para contar que el bebe tiene fiebre, mocos y tos, pero cuando el pediatra le pide que lleve al paciente al consultorio para revisarlo, ella no puede porque está en la calle, en el Centro, en una reunión, lejos de casa.
La psicóloga. Su profesión las une en el oficio de ser, a la vez, condescendientes y sobreprotectoras, una combinación que, aplicada en hijos, resulta explosiva.
La empalagosa. Es amorosa con sus hijos, amable con las secretarias y con el médico. Siempre lleva consigo algún presente para el médico y para sus asistentes y convence a sus hijos de que hagan lo propio, con lo cual, el pediatra ya acumula cientos de dibujitos y artesanías realizados obligadamente por los hijos de esa madre.
La primeriza. Lo que la caracteriza, básicamente, es su duda permanente y su fragilidad a la hora de escuchar comentarios ajenos. Su falta de experiencia en la maternidad y la necesidad imperiosa del universo de mostrar sus conocimientos sobre ella hacen que esta pobre madre absorba como una esponja las indicaciones, sugerencias y consejos brindados gratuitamente por el taxista, la tía Coca o el pediatra.
La abuela. Es una madre, sí, pero no del o de los pacientes, sino de la madre de ellos. Resulta que es una asidua concurrente al consultorio del pediatra, ya sea para acompañar a su hija y nietos o para reemplazarla en algún caso.
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